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10 marzo, 2026

Cuando el duelo también atraviesa a la pareja: la anatomía única de cada pérdida.

En mi práctica como terapeuta he acompañado a muchas personas y parejas que han atravesado la pérdida de un bebé antes de nacer. Cada historia es distinta, cada proceso tiene su propio ritmo y su propia manera de expresarse. Con el tiempo he aprendido que el duelo gestacional tiene algo muy particular: aunque el hecho que lo origina pueda parecer el mismo, la forma en que cada persona lo vive es profundamente única.

También hablo desde mi propia historia.

Perder dos bebés antes de nacer cambió mi vida para siempre. Recuerdo que mi primera reacción fue de mucho enojo, acompañado de una necesidad de encontrar respuestas. Quería entender por qué había pasado, qué había fallado, qué podría haber sido diferente. Con el tiempo comprendí que muchas veces esas respuestas simplemente no existen.

Durante los primeros días traté de aislarme. Quería proteger a mis otros hijos de verme triste, como si el dolor tuviera que vivirse en silencio para no afectar a los demás. Hoy sé que compartir lo que sentimos es mucho más sano que esconderlo.

Javier, mi esposo, siempre estuvo conmigo. Aunque muchas veces no sabía exactamente cómo consolarme y se mostraba fuerte. Lo que sí tuvo fue paciencia: la paciencia de quedarse, de acompañar, de sostener incluso cuando no había palabras suficientes.

Han pasado ya 37 y 38 años desde aquellas pérdidas, y aún hoy nos duelen. Pero nos duelen de manera distinta. Con los años algo cambió: ya no es solo él quien me consuela; también yo puedo consolarlo a él. Hemos llorado juntos muchas veces. Y me atrevería a decir que estamos más unidos. De algún modo, esos bebés que tuvieron una vida tan breve también dieron un nuevo sentido a nuestra vida.

A lo largo de mi trabajo terapéutico he visto muchas historias de pareja después de una pérdida gestacional. Algunas logran atravesar el dolor juntas y descubren nuevas formas de acompañarse. Otras encuentran que el duelo abre distancias difíciles de cerrar y terminan separándose.

Y ambas realidades son profundamente humanas.

Con los años he llegado a pensar que cada pérdida tiene su propia anatomía. Dos personas pueden compartir el mismo vacío, la misma expectativa rota, el mismo amor por un hijo que no llegó a nacer, y aun así vivir el duelo de maneras muy diferentes.

El dolor puede acercar o puede separar. Puede expresarse en lágrimas, en silencio, en enojo o en la necesidad de seguir adelante rápidamente. No hay una forma correcta de vivirlo.

Lo que sí suele permanecer es algo que los une para siempre: ese hijo que existió en la esperanza, en el amor anticipado, en los sueños que empezaban a formarse. El duelo no solo es por el bebé que no llegó a nacer, sino también por todo lo que pudo haber sido.

Porque solo quienes han vivido esa pérdida saben cómo integrar en su historia la presencia de ese hijo que estuvo por un instante… y que, de alguna manera, permanecerá siempre.

Sandra Cárdenas.

Logoterapeuta.

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